La muerte del árbol








La muerte del árbol









Hoy es mi día especial para encarar este tema. 

En mi jardín, tenía un olmo inmenso, de más de 10 m de alto, con sus raíces exageradamente largas e invasivas. Sus brazos desordenados y enormes eran verdaderos árboles aéreos de gran porte que cubrían los techos y cobijaban los nidos de los horneros. En su copa cientos de pájaros alegraban mi despertar por las mañanas y me protegía del intenso sol en el verano. 

Un mal día decidí sacarlo y contraté un “arbolero” que pasó muchas horas estudiando, analizando el lugar exacto en que anudaría las sogas; el momento justo en que sus compañeros jalarían de la misma para coincidir con el último hachazo que haría caer esa rama en el lugar indicado. 

La contienda entre el olmo y el arbolero fue feroz. Sus ramas respondían con dureza a los hachazos, se agitaban, cimbraban con fiereza ante cada golpe, silbaban con el viento y ese silbido se asemejaba mucho a un aullido de dolor. Presenciar esta lucha entre el árbol y el arbolero fue estresante para mí y una agonía lenta y dolorosa para el olmo. Sus raíces le impedían huir de su asesino. 

Intente acariciar su tronco lastimado por los primeros golpes y me conmovió ver unas enormes gotas melosas y oscuras derramarse, lentamente, por su corteza, dándole un terrible marco a la dolorosa y lenta muerte del árbol. 

Sentí dentro de mí una congoja indescriptible. 

Palpité su dolor. 

Me quebré por la culpa. 

Mi corazón se estrujó. 

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