Eloísa, Abelardo y su corta historia de amor.






Eloísa, Abelardo y su historia de amor







Eloísa era una mujer sencilla,

trabajadora, sin idas... sin vueltas...

 Nacida en las inmediaciones del Bermejo,  con un espíritu noble que, al igual que las turbias y rojizas aguas del río, a veces  se mostraba tranquilo y manso y otras  una increíble turbulencia se apoderaba de él.

 Su alma era la de una sirena fluvial que intentaba resguardarse de sentimientos amorosos que mantenía latentes en su interior sin atreverse a vivirlos, aunque cada vez que un viento cálido de primavera  la envolvía ella  anhelaba esa caricia que tardaba en llegar.

Esta chinita trabajadora y rustica como todas las chinas del pueblo, siempre solitaria y melancólica,  un día se quedo dormida olvidando sus sollozos, y se vio allá, a la distancia, donde comienza el tiempo, y se separa el pangeas, y se forman los mares, emergiendo  de las aguas, asomando a la superficie de un salto, con su piel tostada por el sol y sus largos cabellos que cubrían, como un cálido manto ,su piel terrosa como las aguas del río  cabalgando en la primera ola de la creciente, sumergiéndose en sus revueltas aguas y emergiendo con placer ante los rayos del sol...

Se vio  trepando a los arboles de la ribera en las siestas amables y tranquilas ...

Se vio recogiendo las lagrimas vertidas por los sauces llorones y guardándolas dentro suyo  hasta que en las diáfanas noches de luna, cuando su tremenda soledad doliera, desbordara en llanto ...

Eloísa , soñadora como era, esperaba que un día cualquiera apareciera un hombre en su vida...Su hombre...ese compañero que necesitaba para pelearle a la soledad... ese mago que hiciera  aparecer conejos y pañuelos de colores desde su galera... cazador de ilusiones... hacedor de sueños....pero se sumaban sus años y el tiempo no se detenía nunca, al igual que las aguas del Bermejo que siempre corrían...y corrían... y corrían... hasta que un día, en uno de sus paseos por el monte, al atardecer, entonando una canción , se enredo con un hacha que marcando su ritmo, cayó a sus pies.

Sorprendida, busco con la mirada a su alrededor y , por primera vez vio a Abelardo, allí, cayendo la tarde... tumbando un ñandubay...

Abelardo era un leñador, grande, fuerte, rudo, pero también , como ella, con el alma enredada en viejas y tortuosas historias que escondía en lo más profundo de su alma, y que le impedían decir: te quiero. Tal vez por eso, ó por la aislada melancolía que pintaban sus días se mostraba hosco y de una parquedad tal que asustaba a cualquier ser humano que se le acercara..

Ella callo su canto y el dejo de hachar.

Eloísa y Abelardo, frente a frente, se miraron , se reconocieron, se sonrieron.

Él le invito con agua fresca y el tronco del árbol recién hachado  se transformo en cómplice banco para su intima charla en que se confiaron soledades, distancias, anhelos... Abelardo, poco a poco fue dejando sus armaduras internas sobre el ñandubay y haciéndose cada vez más visible ante los ojos de Eloísa, encontrándose ambos en un esperanzador  intento de  escribir una nueva página en sus vidas

Se miraron con alegría e incertidumbre ... sin la bravura pasional de la juventud... sin esperar... nada...

Solo querían que sus órganos hablaran,  que sus sentidos despertaran, que la brasa encendida  que guardaban en el pecho los incendiara....

 Se tomaron de las manos y bajo  la clara luz de la luna, desde el corazón,  se confiaron sus historias más dolorosas e intimas y se contaron cosas que no supieron expresar con sus palabras ...y  entonces, conversaron sus cuerpos ...y sus pieles se erizaron ...e hicieron el amor de una manera suave, afectuosa, con una mezcla de ingenuidad, de simpatía, de un  cariño recién nacido pleno de deseos controlados por el tiempo, de apetitos dominados por  sus propios  y ancestrales temores...

El cuerpo... la piel.... todos sus sentidos, se encontraban...se reconocían... se abrían a sus mas recónditas y escondidas emociones ...Sus almas se abrazaban en una profunda  entrega total, mansa y placentera...encontrando su ritmo  único, cadencioso, musical,  despojándose, lentamente, de los nudos que los ataban.

Con el alba, llego la despedida y Abelardo, sabiendo que ambos serian arrastrados sin piedad a sus realidades coloco en sus manos un regalo: un hermoso ñajcha para peinar mis rulos, única prueba de la existencia de este amor. 

  Una lagrima en los  ojos  de Eloísa se confundió con las aguas del rio al comprender que Abelardo, como el fantasma que habitaba en su mente , se había manifestado ante sus ella tentándola con deliciosas manzanas dulces y apetitosas que su boca mordiera con placer  y, con tristeza , aunque agradecida por haber sentido tan vívida e intensa  ilusión,  le dijo adiós intuyendo que  jamás volvería a verlo y con gran determinación tomo una decisión de la cual sería muy difícil retornar:

Habiendo amado... había vivido...ya no tenía sentido abrir sus ojos al día siguiente...

Busco una espina de opuntia y con ella se atravesó  el corazón. Con sus largos dedos  aferraba fuertemente el ñajcha que el le obsequiara como tierno y fiel  símbolo de su amor.

Con el paso del tiempo, el canto de Eloísa se escucha, aun en nuestros días,  entrelazarse con el sonido crujiente de las hojas secas de los árboles y el viento lleva esta canción que habla de serena soledad por el poblado

Dicen las chinitas del lugar que en las  frías y ventosas mañanas  de julio...el monte llora...



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