El camino de las lilas





El camino de las lilas
a Blanquita






Con su rostro acartonado por sus arrugas como el más antiguo de lospergaminos, su mente lúcida aún, descansaba sentada en su sillón de mimbrebajo los tibios rayos de un sol de invierno sosteniendo entre sus manos delgadas y frágiles, Cien años de soledad. Cien años de soledad el libro. Cien años de soledad su cuerpo. Cien años de soledad su corazón, gastado, sufrido.

Leyó unas líneas pero la modorra la invadió y le ganó el sueño. En su mente adormilada se sucedían muchas batallas ganadas a la vida.

Recuerdos que ni ella misma los creía vivos ya. Recuerdos de amores, de
fracasos, aciertos, dolores y alegrías.

Tanto tiempo había pasado y todo ese cúmulo de ansiedades, de objetivos
muertos, de deseos vivos, danzaba allí, en su mente, pujando por salir
.
¡Sí! Se sentía joven, hermosa y ligera como cuando tenía veinte años. Con
los mismos deseos, las mismas ansias locas de saltar, de cantar, de reír, de
amar como entonces, solo que su espíritu joven estaba atrapado en un envase
viejo y cansado que no era el suyo.

Abrió los ojos sorprendida. La noche era profunda y las estrellas, cual
cosquillas del cielo, la rodeaban y la hacían sonreír. Sentía la tibieza de la
noche en la piel, en el alma, que la acariciaba como su suave mantón de
manila de pura seda que le cubría los hombros.

Se quedó quietecita, abrazada a sí misma con una extraña sensación
de placer, sin pensamientos, con la nada por compañía, cuando sintió un
dolor punzante, como si una lanza la atravesara de la cabeza a los pies, pero
extrañamente placentero como el orgasmo que sobreviene a la plenitud del
amor y que la empujaba suavemente hacia aquella luz lejana.

No entendía dónde estaba pero sabía que debía ir hacia ella, atravesarla
sin miedos, en paz.

El dolor desaparecía y volvía cada vez con más frecuencia. Sus recuerdos
la desbordaban, y así, transitando lentamente llegó a la luz. La cruzó
con un suave golpeteo de sus pies descalzos. No podía creer lo que estaba
viviendo. Un hermoso y largo camino cubierto de lilas se abría a su paso.
El sol refulgía radiante y caliente aumentando aún más el misterio de su
experiencia.

Se sintió inmensamente feliz y esperanzada. Abrió sus brazos y bailó la
mejor danza de todos los tiempos, con su rostro al sol, sus cabellos sueltos,
girando y girando con una alegría infinita. Las flores, su perfume dulzón y
sus colores vivos, se fusionaron con ella formando una mística unión con el
universo todo mientras avanzaba por el camino de las lilas, hasta que llegó
al borde y no supo más.

Cayó vertiginosamente por ese túnel cavernoso y oscuro. El vértigo la
asustó un poco y luego…

Abrió los ojos y con esa palmada largó el llanto. Los recuerdos de su vida
pasada se borraron instantáneamente.

Acababa de nacer.

Recibió los besos y caricias de sus padres y se dispuso a comenzar un
nuevo aprendizaje.








Así, Doña rosa se contó a sí misma muchas historias. Había hecho un
larguísimo viaje a través del tiempo recorriendo sus emociones. Solo faltaba
una cosa: arrancarse de una vez los últimos jirones de piel que le quedaban,
para recién poder renacer, hasta que...
















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