Los tres dioses



Los tres dioses. 

¿ Breve cuentito infantil  ?






Se habían portado bien, tal como diosito manda; hacían todos los trabajos que sus mayores les pedían, miraban siempre para abajo, como correspondía a unos chicos muy, muy respetuosos, y nunca jamás una queja salía de sus labios, como siempre debían hacer los niñitos buenos, así que esperaban ilusionados que los reyes magos este año se acordaran de ellos.

A las cinco de la mañana, al silbido espeluznante de una verde vara, finita y espigada que chicoteaba amenazante contra el piso de ladrillo, los levantaba de un solo salto, mientras la abuelita, alta, altísima, flaca, flaquísima y de larguísimos cabellos plateados, vociferaba tiernamente:

“¡Levántense! ¡Vagos!”. Ellos comprendían, como siempre, que debían saltar del catre rápidamente antes de que el varillazo llegase a visitarlos en sus espaldas frágiles.

Todos los días iban a la misa de gallo donde el cura los penitenciaba con cientos de padrenuestros que debían rezar rapidito rapidito para purificar sus almitas pecadoras. Y ellos como siempre, comprendían que habían sido insolentes al mirar directo a los ojos al santo padre cuando les preguntaba cuántas veces al día se habían tocado allí y después, limpitos de cuerpo y
alma, derechito a la escuela.

Esa noche se durmieron muy ilusionados, seguros de que los reyes, esta vez, se acordarían de ellos.
El sol asomaba sobre la loma iluminando el nuevo día. Se levantaron dos minutos antes del silbido de la varilla diaria y corrieron sigilosamente a buscar debajo de la mesa. No se habían equivocado. Allí estaba un hermoso estuche rojo con un gran moño dorado y una linda tarjeta que decía:

“Cumplan sus sueños. Los reyes magos”.

Con alegría y mal disimulada ansiedad, esperaron pacientemente la hora de la siesta, momento en que la abuelita se entregaba a los brazos de Morfeo en su sillón hamaca de mimbre, acariciada por los cálidos rayos del astro rey que iluminaban cada una de sus arrugas imprimiendo a la escena
una mágica sugestión y encanto sin igual, mientras ellos, sus comprensivos nietecitos acariciaban suavemente su cabeza. La imagen era realmente enternecedora.

 Cuánto amor se respiraba en ese instante.

Cuando estuvieron seguros de que la abuelita había pasado de la simple modorra al sueño profundo, tímidamente fueron sacando, una a una, las horquillas que sostenían su enorme y apretado rodete quedando libre, después de muchas décadas de ahogo, esa larga trenza que llegaba hasta elsuelo.

Sacaron del estuche el regalo más preciado, el regalo que por años habían esperado pacientemente; una enorme tijera de sastre y ¡TAC! de un solo y rápido tijeretazo, cosa de que no hubiera tiempo de arrepentimiento, la larga y plateada trenza cayó libre , como una pluma al viento y se depositó en el suelo.

Esa noche, la paliza fue feroz, pero ellos se durmieron con una plácidasonrisa. La alegría que sintieron fue tan, pero tan grande, que no les cabíaen el pecho.

Una vez más comprendieron que la dulce abuelita tenía, como siempre,toda la razón cuando les enseñaba que la venganza era el placer de los dioses.

Y así descubrieron que ellos eran los dioses.










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