Phobos




Phobos








Durmió veinte años de corrido, sin tener ningún movimiento,
ningún pensamiento, ninguna experiencia ni emoción que la hiciera
vibrar, hasta que él apareció insistente y se sentó a sus pies.

Encendió una hoguera muy débil, pequeñita y tímida, pero
cuando ese fuego se hizo más intenso, ella despertó. Sus ojos lo
miraban con curiosidad, y su piel se calentaba, comenzando a sentir
un olvidado cosquilleo que le subía desde los dedos de sus pies a su
cabeza, mientras él recorría su cuerpo, sin tocarla...

Solo su mirada y su respiración tan cercana la inquietaban...

En un breve instante de lasitud le dijo: “¿Me llevas a la luna?”

Él le tendió las manos, la cargó en su corcel y emprendieron el
viaje en una insinuante y prometedora cabalgata estelar durante
siete horas. Ella ofrendó toda su confianza y deseos a su caballero
de ensueños. Al llegar, la bajó con delicadeza y, con la promesa de
que allí estarían juntos por toda la eternidad, la apoyó contra las
rocas de un acantilado, haciéndola sentir acorralada, cercada por
esa mirada, penetrante y lasciva que la mantenía cautiva, y su voz
susurrante y lujuriosa en su oído. Se sintió temblar de placer
anhelando desesperadamente una caricia abrasadora que nunca
llegaba.

La invitó a un juego de amor que auguraba sumo placer, sobre el
que no tenía ningún conocimiento, para el cual no estaba preparada,
pero que, ante la excitación del momento ansiaba conocer.

Así vivió un amor de sometimiento... de miedo... de dolor, pero con
cada beso largo, profundo, desgarrador e intenso acariciando su
lengua, mordiendo sus labios con ímpetu y extrema rudeza, decidía
seguir esperando esa sensación lacerante, pero tremendamente
excitante hasta que un delicado hilo de sangre brotara tenue de su boca, bebiéndola con fruición.

Sólo así eran transportados, por fin a un orgasmo pleno que los
dejaba lasos, en calma… y por fin... en paz…

Ella se sabía muy enamorada, pero ese amor, con el paso del
tiempo era más intenso y violento... lastimaba tanto que marcaba sus
huellas en el cuerpo y en el alma, dejándola mas sometida aún, sin
voluntad... sin criterio propio.

La angustia y el temor la iban minando. El juego de amor era
perverso, sádico, masoquista, pero, pese a lo tenebroso, muy
excitante…

¿Hasta cuándo duraría?... ¿Cuánto tiempo más podría continuar
si ella misma esperaba con ansiedad que él pusiera sus manos sobre
ella… esa cinta suave y perfumada anudada a su cuello… hasta
quitarle la respiración… hasta perder la conciencia?

Estando casi sin sentido, se daba cuenta de que esta no era la
luna de sus sueños ingenuos e inocentes que la ilusionaban, esa luna
hermosa, plateada y luminosa que reflejaba su cara en las aguas
serenas de una laguna…

Esta luna era Phobos: oscura… fría… rocosa… donde el miedo
era cada vez mayor.

Se estremeció y se sintió muy pequeña


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