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¡Basta!

¡Basta!






Cada mañana al abrir los ojos, un nuevo desafío la esperaba y entonces ella subía a su barcaza y en medio del río, sin importarle que sus aguas estuviesen mansas, turbulentas, límpidas o turbias, comenzaba a remar.


Remaba... remaba... remaba... hasta que un día se cansó y pese a que  esta vez el aroma a primavera de la rivera endulzaba su olfato y el verde costero le regalaba su serenidad y quietud, dejó los remos sobre el borde y se hundió.