Argentinita de norte a sur

-Argentinita de norte a sur
 El círculo
- Rayén



DUERME NEGRITO


El circulo 

( contado en forma lineal ) 




Sucedía algo muy serio en este pueblito muy pobre, bien al norte de nuestro país, con calles de tierra y casas de adobe. Sus habitantes trabajaban en la cosecha de la caña de azúcar y recibían, a cambio de trabajar… y trabajar…y trabajar…y trabajar de la mañana a la noche, muy poco dinero.



La paga era tan poca, pero tan poca, que no les alcanzaba para alimentarse bien, y como no podían alimentarse bien, tampoco iban a la escuela, y, por lo tanto, no sabían leer ni escribir, ni mucho menos informarse correctamente sobre las cosas de la vida; y ni qué hablar de lo que sucedía en el país; ni mucho menos, en el mundo.



Acá vivían papá Ramón, mamá Josefa y sus nueve hijos, que no tenían trabajo. Y como no tenían trabajo, don Ramón, ¡pobre don Ramón! grandes lagrimones brotaban de sus ojos por las noches cuando creía que nadie lo miraba, y entonces, calmaba sus penas con el alcohol. Y así lo hacía porque nunca había ido a la escuela y no sabía pensar con claridad y lo ganaba rápidamente la angustia porque no podía mantener a los suyos.



 Mamá Josefa, que tampoco tuvo nunca la oportunidad de terminar la escuela, no tenía información sobre lo que pasaba con su propio cuerpo y, por lo tanto, se dejaba llevar por el instinto y actuaba como un animalito, y, por eso, sin quererlo, sin pensarlo, engendró nueve hijos, 
¡pobre Josefa con sus nueve hijos y sus nueve problemas!



Josefa trabajaba lavando ropa de la mañana a la noche, de la noche a la mañana, recibiendo, como todos, muy poca paga, y esa mísera paga no le alcanzaba para alimentar a su familia, ni mandarlos a la escuela. 



como ninguno fue a la escuela, ni Josefa, ni Ramón, ni sus nueve hijos, no aprendieron a pensar, y como no aprendieron a pensar, les resultaba todo más difícil, incluso ¡que lástima! tener información de los cambios de sus propios cuerpos, ni de sus emociones, ni de sus sensaciones…



¿Y todo por qué?



Porque papá Ramón no tenía trabajo, mamá Josefa nunca tuvo la oportunidad de terminar la escuela, ya que a los papás de estos papás tampoco les alcanzaba lo que ganaban y no podían mantener a sus familias.



El hijo mayor de Josefa y Ramón se llamaba José y trabajaba en la cosecha de la caña de azúcar recibiendo, como todos, muy poca paga. José satisfacía sus faltas con uno, dos, diez akullicos de coca que sus mismos patrones le facilitaban para que pudiera rendir más y dormir menos, manteniendo así la energía que debería darle el alimento que no tenía.



Como se satisfacía con coca, no sabía lo que hacía y como este pobre hombre pobre no sabía lo que hacía, tenía muchos hijos pequeños que trabajaban también en la cosecha de la caña de azúcar y aun reuniendo todos sus salarios, no se podían mantener.



¿Y todo por qué?



Porque José nunca tuvo la oportunidad de un trabajo digno.



Anacleto, el segundo hijo, tenía una gran cruz que cargar sobre sus hombros, ya que a pesar de su mucho buscar, no conseguía trabajo y como no conseguía trabajo, no podía ayudar a su familia como era su deseo másgrande.



Anacleto lo intentó todo. Buscó por todos lados. No quedó una personaen el pueblo sin que le pidiera, rogara, suplicara por un trabajo… y como no pudo ayudar a su familia se agarró de la primera mala idea que se le cruzó por la cabeza y aprendió a robar, y como aprendió a robar, cayó varias veces preso, y como cayó varias veces preso nunca nadie lo aceptó, y como nunca nadie lo aceptó, el pobre, el triste



Anacleto no pudo jamás rehacer su vida…



¿Y todo por qué?



Porque Anacleto nunca pudo conseguir trabajo para vivir con dignidad.



Los seis hijos pequeños: Pancracio, Samuel, Belinda, Coquito e Isidora, a quienes no podían alimentar bien, estaban enfermitos y como estaban enfermitos, no podían jugar y se sentían muy tristes… y como se sentían muy tristes, no conocían la risa, ni los caramelos, ni ningún otro dulce.



¿Y todo por qué?



Porque papá Ramón no tenía trabajo, y a mamá Josefa no le alcanzaba para alimentarlos ni vestirlos ni mandarlos a la escuela ni estar con ellos.



Margarita, la hija de quince años, era la única de los nueve hermanos que había podido ir a la escuela, pero como su mamá nunca le pudo informar sobre los cambios de su propio cuerpo, porque Josefa misma no los conocía, y perjudicó a su hija sin quererlo cuando Margarita conoció el amor y en su pancita creció un bebé por desconocimiento de los noviecitos.



Margarita se desesperó y se asustó muchísimo, y dejó en el llanto hasta la última de sus lágrimas cargadas de dolor, de miedo, de incertidumbre.



Margarita sintió tanto miedo que huyó lejos de su casa, sin atreverse a hablar con sus padres, y en ese nuevo andar, conoció a una familia que la alojó en su hogar sin conocer ese gran círculo del nunca acabar en que vivían Margarita, papá Ramón, mamá Josefa y sus ocho hermanos.



Y esta familia se enteró de su historia y trató de ayudarla. Por fin alguien se había conmovido con tanto dolor y tendió las manos brindando a Margarita…una buena información…y educación… y trabajo…



Margarita aquietó sus miedos cuando supo que el amor no manchaba, y apagó su angustia cuando supo que no estaba sola, y recuperó la esperanza cuando mamá Josefa, cuyo amor fue más sabio que su no buscada ignorancia, se enteró dónde estaba y le escribió la carta más bella que se haya escrito jamás… la del amor más puro, el más grande entendimiento:


“Querida hijita ojala que al llegar este umilde papel te encuentre bienquedando nosotros regular. 
mirá mi flaquita yo quiero que me conteste esta
la carta que tei escrito y también quiero que me digas si leas avisao a la señora que tian echo un ijo. Yo y tu papa tamos muy priocupados con lo que tea pasado. no emo enterao por el gustavo que viene a la casa yorando ahablar con 
el ramón que se a enojao mucho pero dispues a entendido.
Son corta las noches pensando en vos mamita,
 queremos saber sies que te
loas echo sacar o no. Nosotros te vamo a apoyar en lo que decidás. Si viera hija como tan la isidora y la belinda 
porque sean enterao porque loan escuchao al ramón
 insultar y pegarle una buena chirliada al
gustabo que yoraba y yoraba y pedia que te perdonemo
 y que te busque.
Mira mi consuelito margarita, tu papa como siempre sin trabajo. bueno mamita sin tener ma que contarte me despido con el cariño mas grande.
Ispero tu contestación lo ma pronto posible.
 no te olvide que tu madre sufre.
Aquí ya noe vida la vida sin vo mi consuelito
Cariño chau hijita
Josefa”

Y Margarita volvió al hogar.


Y ya no importaba si había decidido o no tener a su bebé. Lo que importaba era que Margarita, la del nombre de flor, volvió y enseñó a mamá Josefa y a papá Ramón cómo hacer para no tener más chiquitos que no pudieran mantener.



Volvió y enseñó a sus hermanitos cómo hacer para que no pasaran lo mismo que a ella…



Y margarita, que en poco tiempo aprendió a pensar, a analizar sus actos, por lo menos un poquito mejor que hasta entonces, llevó a los suyos esa lámpara encendida que iluminó sus caminos y logró, con ganas, y con esfuerzo, abrir ese gran círculo del nunca acabar… y escapar por esa luz.



Y todo esto pasó.



¿Por qué?



Porque ninguno tenía un trabajo con una paga respetable, que les permitiera vivir con dignidad, con respeto, con fe en un futuro mejor







Rayen




38 grados de calor. Dos la tarde. Rayén caminaba, casi corría por esas angostas vereditas porteñas. El vapor del asfalto, los altos edificios, y su paso apresurado, sin rumbo cierto, la llenaban de una energía espesa, negativa y oscura.

De su frente y de sus mejillas brotaban grandes gotas mezcla de sudor y de llanto.


Los recuerdos se agolpaban sin sentido, uno a uno, desordenados, como una película inentendible aún. A su mente llegaban las imágenes de su infancia, allá, en Huinganco, pueblito perdido entre los caminos neuquinos.



Las veces que de niña se había refrescado en las aguas del río Neuquén, y disfrutado de su paisaje, y amado sus tierras.



Su espíritu mapuche voló hacia esos lares, tratando de buscar la sabiduría de sus ancestros, recordando con dolor cuando, ya entonces, vivían en inferioridad de condiciones respecto al hombre de poder.



Y vio a su padre tragando su orgullo y bajando la cabeza.



Ellos, los poderosos del pueblo, subieron a todos al camión con menos respeto que el que ellos tenían por sus cabras cuando llegaba la veranada.



¡Iban a votar! ¡A cumplir con su derecho cívico 
que tanto costó conseguir!



Como tantas otras veces, recibiendo cada uno ese sobre cerrado, con la boleta dentro, y firmado por el mismo presidente de mesa de todas las elecciones, para que luego los justos resultados reflejaran el triunfo del mismo partido, viajaban esperanzados. Ni siquiera tenían que pensar. Ya otros lo habían hecho por ellos y eso era para agradecer.



Les advertían que ese era el sobre que, sin que nadie lo supiera, debían colocar en la urna y traer de vuelta el otro vacío y firmado también, que les darían en la mesa. Solo así, con esta prueba en su poder, ellos tendrían derecho a seguir en esas tierras que consideraban suyas.



Y en ese momento, con la cabeza gacha, y el orgullo herido, ni las cabras, ni el cultivo de tulipanes, ni su río, ni nada le brindaba consuelo.



Recordó también que al crecer, se había mudado a Bs. As. en busca de trabajo; que pasó miserias de todo tipo; 
que repitió su historia.



Su pobreza y soledad fueron caldo fácil para los poderosos de turno, quienes, aprovechando su desamparo, la incitaron a tomar una vivienda que tanta falta le hacía.



Sus hijos eran muy chicos y no tenían dónde dormir.



Tomó esa casa con el amparo de ellos, a cambio de hacer número en sus manifestaciones, a cambio de su voto, a cambio de su afiliación.



Lo que había hecho no la enorgullecía, no, al contrario…



Y hoy, corría… y corría… y corría…



Debía llegar a tiempo. Debía detener a su hijo. Rescatarlo. Abrazarlo. Cuidarlo.



Una vez más su familia repetía su historia con los mismos abusos y humillaciones.



El correr no alcanzó. Fue tarde ya.



Viéndolo allí, muerto, se abrazó a él y
 rompió en un llanto desesperado.


Se estremece. Se duele. 
Sus tripas se retuercen de ira, su congoja no cede y

sus recuerdos se agolpan uno tras otro pero,
 aún así no logra comprender ni

cómo ni por qué se deja estar y se castiga a sí misma, 
y se queda sin piel… a solas con sus huesos…


Y sigue buceando en ese océano de preguntas sin respuestas.






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