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Doña rosa


Liszt: Transcendental Etudes S.139 (Clidat, Ovchinnikov, Kissin)





Doña rosa




Doña rosa la que toman en sorna.

Doña rosa, la que subestiman cuando generalizan en la radio, en la tele, en el diario…

Doña rosa la sin piel… la más solidaria, pero también la más chismosa. Es una mujer; una mujer como vos, como yo, como cualquiera, aunque use ruleros y barra la vereda envuelta en un batón floreado y con ojotas mientras chismorrea con la Doña rosa de al lado con quien comparte, tal vez sin saberlo, la misma frustración e igual humillación;

 la que se levanta temprano para ir al mercado,

 la que sabe a la perfección el precio de las verduras y también responde, sin equivocarse, con quién salió la vecinita de en frente, 

la que prepara la comida diaria durante tres horas y se come en diez minutos, 

la que limpia sobre lo limpio, 

la que llora a escondidas, 

la que finge las risas,

 la que se hace la boba; 

la que en un interviú, mientras cada uno de los integrantes de la mesa familiar se enfrasca en sus cosas, mira todas las novelas de la tarde, y sueña, y vive historias ajenas sufriendo en carne viva como si fuesen las propias y se seca el río de lágrimas con una franela.

Por las noches, si hace calor, saca su sillón y se sienta en la vereda a tomar unos mates. 

Observa quién llega, quién se va, con quién, dónde…

E imagina… imagina… imagina…

Cierra sus ojos y su espíritu por unos momentos se siente libre; se hace finito y cristalino como el agua calma de una vertiente y en un suspiro, cual lazo de seda que resbala de sus manos, escapa por sus labios y sobrevuela paisajes infinitos de otras realidades que nunca se atrevió a vivir .

Deja volar su mente lejos, muy lejos, y la invaden los recuerdos de experiencias viejas de las que jamás, nunca persona alguna se enteró; y con cada recuerdo que martillea en sus sienes y le nubla el corazón y le marca surcos de frustración en la cara, siente que lleva impreso en su frente lacerada esas palabras grabadas a golpes en lo más profundo de su alma y que ella siente tan dolorosamente ciertas: 

“Nadie escucha el grito que mi rostro expresa… nadie escucha el grito que mi rostro expresa… nadie escucha el grito que mi rostro expresa…”

Y en su dolor adormecido, toma conciencia de que día a día, a través de tantos años, se fue quedando sin piel, descarnada, solo con sus huesos…


Y al comprender esta, su realidad, comienza a moverse en su 

sillón como una niña autista, meciéndose muy lentamente, hacia 

adelante… hacia atrás… hacia delante… hacia atrás… hacia 

delante… hacia atrás… una y mil veces… mientras se deja ir.