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Rayén


Canción Sagrada del Viento (Wi Wi Wi...)
Beatriz Pichi Malen  





Rayén



38 grados de calor.  2 dos la tarde.  Rayén  caminaba, casi corría por esas angostas vereditas  porteñas . El  vapor del asfalto,  los altos edificios, y su paso apresurado, sin rumbo cierto, la llenaban de una energía espesa, negativa  y oscura.

De su frente y  de sus mejillas brotaban grandes gotas mezcla de sudor y de llanto.

 Los recuerdos se agolpaban sin sentido, uno a uno, desordenados,  como una película inentendible aún. A su mente llegaban las imágenes de su infancia, allá, en Huinganco, pueblito perdido entre los caminos  neuquinos.

 Las veces que de niña se habría refrescado en las aguas del rio Neuquén  y disfrutado de su paisaje, y amado sus tierras.

Su espíritu mapuche voló hacia esos lares, tratando de buscar la sabiduría de sus ancestros recordando con dolor cuando, ya entonces, vivían en inferioridad de condiciones respecto al hombre de poder.

Y vio a su padre tragando su orgullo y bajando la cabeza.

Ellos, los poderosos del pueblo subieron  a todos al camión con menos respeto que el que ellos tenían por sus cabras cuando  llegaba la veranada. ¡Iban a votar! ¡A cumplir con su derecho cívico que tanto costara conseguir! 

Como tantas otras veces, recibiendo  cada uno ese sobre cerrado, con la boleta dentro y firmado por el mismo presidente de mesa de todas las elecciones, para que luego, los   justos resultados  reflejaran el triunfo del mismo partido, viajaban esperanzados. Ni siquiera tenían que pensar. Ya otros lo habían echo por ellos y eso era para agradecer.

Les advertían que ese era el sobre que sin que nadie lo supiera, debían colocar en la urna y traer de vuelta el  otro vacío y firmado también, que les darían en la mesa. Solo así, con esta prueba  en su poder ellos tendrían derecho a seguir en esas tierras que consideraban suyas.

Y en ese momento, con la cabeza gacha, y el orgullo herido, ni las cabras ni el cultivo de tulipanes ni su rio ni nada le brindaba consuelo.

Recordó también que al crecer, se mudara a bs as en busca de trabajo; que paso miserias de todo tipo; que repitió su historia.

 Su pobreza y soledad fue caldo fácil para los poderosos de turno, quienes, aprovechando su desamparo, la incitaron a tomar una vivienda que tanta falta le hacía. Sus hijos  eran muy chicos y no tenían donde dormir.

Tomo esa casa con el amparo de ellos, a cambio de hacer número en sus manifestaciones, a cambio de su voto, a cambio de su afiliación.

 Lo que había echo no la enorgullecía, no, al contrario…

Y hoy, corría… Y corría… Y corría…

 Debía llegar a tiempo. Debía detener a su hijo. Rescatarlo. Abrazarlo. Cuidarlo.
Una vez mas su familia repetía su historia con los mismos abusos y humillaciones.

El correr no alcanzó. Fué tarde ya.

Viéndolo allí, muerto, se abrazó a el y rompió en un llanto desesperado.