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La gula


Algo hay que comer



La Gula



                   




El calor era abrasador. La cinta asfáltica marcaba un largo camino plateado que se perdía en el infinito. Faltaban unas cuantas horas para llegar a esa fiesta ferial que duraría 3 días en rincón de los sauces. 

Las 2 de la tarde en ese desierto inhóspito, sin vegetación, sin agua y sin comida parecía ser el peor castigo de los cielos. La llegada se hacia desear y para colmo de males, el pensamiento sobre la falta de comida taladraba su cabeza y su ansiedad se hacía cada vez más profunda y dolorosa.

A las 7 de la tarde, hora de su llegada a Rincón; el calor y la falta de aire  hacían de ese dia el mas pesado , el mas asfixiante...  Ya era muy tarde y debía  armar su stand con pulseritas, aros y collares de piedras. La gente comenzaba a caminar por entre el predio ferial, conociendo la mercadería, preguntando precios, comprando. El objetivo era ese. Vender. Pero el cansancio era muy grande y no podía concentrarse en el remate de sus ventas.

Quería evitarlo, pero sus ojos iban detrás de cientos de nenes regordetes que caminaban con alegría al compás de la estridente música con sus palitos de enormes y coloridos algodones de azúcar, con sus cucuruchos de helados y manzanas acarameladas, sus lenguas teñidas por el colorante,  sus redondas caritas llenas de chocolate, sus bocas melosas por tantos dulces. .. Ella, con ganas, les hubiera dado una estocada para quitárselos y darles una probadita aunque más no sea.

Que chicos, tan gordos tan gordos, pensaba entristecida. 

Nunca había visto tantos en sus viajes  por la Patagonia. Tal vez los fríos invernales habituales de la zona los hacían requerir de alimentos exageradamente calóricos.

Como serán  estos niños cuando crezcan;  quienes  los tocarán cuando necesiten las caricias del amor, cuando la piel les pida a gritos de una mano que los recorra?...Así de tristes eran sus reflexiones... y mas triste aún, porque sabia muy bien de que se trataba,lo que se sentía...lo que se sufría...lo que se deseaba...

Sumida en estos pensamientos no resistió más, no había vendido nada así que levantó sus petates y se retiro a descansar. 

Buscó un hotelito barato pero con internet.

Le costó subir su humanidad de 180 k por la escalera. Abrió la puerta del dormitorio, fue a la heladera y sacó lo único que encontró. Prendió la compu y se conectó con su sicóloga y le dijo, riéndose a las carcajadas, como una loca:

Socorro. Necesito tu ayuda. Estoy siendo atacada por un enorme frasco de 500 gr de dulce de leche y no puedo resistirme más.

Mientras decía esto, en dos o tres cucharadas soperas bien piponas, abriendo la boca como si se comiera el mundo de un solo bocado, el pote mostró su níveo fondo blanco.

Ella cruzó los brazos y apoyó su cabeza sobre el teclado mientras enormes lágrimas bañaban silenciosa y lentamente, sin prisa ya, su rostro. 




                                                                                        La obesidad