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Las mujeres del general



Sólo le pido a dios - León Gieco





Las mujeres del general










Don Antonio, El General, tortura y mata sintiendo un indescriptible placer escuchando los gritos desgarrados de sus indefensas victimas atadas con cables y vendados los ojos para no ver sus almas escapar aterrorizadas de sus cuerpos desvalidos.

Su excitación aumenta ante la vista de la sangre roja  y espesa de esos seres inermes...

Mientras las mujeres del general reunidas para el ritual de los jueves, jugaban a la canasta evocando infidelidades y tratando con desprecio a la mucama, reían con sus risas huecas, sin sonidos, solo muecas agrias como sus vidas cuando, faltando solo 15 minutos para las 5 de la tarde el general muere ahogado en tanta sangre derramada y ese mismo día bajó a los infiernos.

Era tanto el calor del averno que bebió mucha agua y ahogado, se volvió a morir y nuevamente bajó a los infiernos y como el calor seguía siendo intenso continuó bebiendo agua y otra vez volvió a morir y una vez más bajó a los infiernos de los infiernos y la sed por tanto fuego no se apaciguó y se bebió todo un mar de agua salada y volvió a morir y de nuevo bajó a los infiernos…

La sequedad de su garganta era tan grande, pero tan grande que una vez más bebió de esa inagotable vertiente de agua salada formada por las incontables lágrimas de sus víctimas que llenaban el Atlántico.

Durante este recorrido turístico de infierno en infierno el sequito de mujeres del general lo escoltaban en su partida lamentándose de su inmerecido sufrimiento y rindiéndole santo tributo.

En la vereda de enfrente, una mujer de falda muy corta, tacones muy altos y boca muy roja, con su sombrillita protegiéndose del intenso sol esperaba por un cliente.

Cuando éste apareció le preguntó… -¿Cuánto?-... y ella se fue con él.

Las mujeres del general, escandalizadas, la señalaron con el dedo mascullando entre ellas…¡Que zorra!

Y es al día de hoy que aún estas mujeres, las mujeres del general, siguen  sin comprender la dignidad de una puta.


Micro relato satírico sobre la muerte de antonio bussi y las
mujeres que aquel día  custodiaban el féretro muy compungidas.

Hago notar que las minúsculas con que escribo su nombre
 son la huella de mi repudio y desprecio.