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La espectadora

Ella Fitzgerald and Louis Armstrong - Summertime 




La espectadora





La muerte se presentía, se palpaba en cada respirar profundo, en cada paso lento, esforzado, cansado. . . 

Conmovía mi corazón ver el deterioro apresurado de ese hombre inquieto, fuerte, inteligente, de gran cultura y tan ávido de conocimientos que fue mi amor, mi compañero de muchos, muchos años.

Dolía verlo pasar horas y horas esperando el comienzo en la tele “de la monita”, novela risueña y liviana que le hacía olvidar sus dolores y que muchas veces lograba sacarle una desdibujada sonrisa por lo disparatado de la historia. 

El esperaba con anhelo las 6 de la tarde. Era la hora mas soñada, su cita mas importante . . . Su encuentro con Natalia Oreiro, su nuevo amor, la mujer que llenaba sus días de nuevas ilusiones, de alegrías , de risas desopilantes. . . después, horas y horas de mirar por la ventana siempre el mismo paisaje, la misma calle, el mismo árbol, la misma puta y maldita soledad.

El nunca se había imaginado, en su juventud, que algún día esperaría ansioso el comienzo de una novela, pero, allí estaba, sentado en primera fila, cual único espectador de una obra de Moliere.

Sabía que eran sus últimos momentos. Me decía: - pety ya me estoy yendo- y yo no podía responderle. Sabía que era inmediata su partida y no había palabras llenas de esperanzas que pudieran servir de consuelo, salvo mi mano extendida tomando las suyas, mi abrazo fuerte, cálido y protector, la humedad de mis besos en sus mejillas, y la ingenua intención de retenerlo junto a mí un día más.

Tanto él como yo sabíamos que la vida y la muerte eran las dos caras de una misma moneda, que convivíamos con ella desde el mismísimo momento de nacer; que nuestro cuerpo, todo, estaba formado por millones de pequeños universos imperceptibles a nuestras conciencias; universos compuestos por células que día a día morían y eran reemplazadas inmediatamente por otras jóvenes y llenas de energía, sin que lo notáramos. 

Y así, siempre, una y otra vez, este círculo de vida, de muerte, de vida.

Las 6 de la tarde. Ya no caminaba pero esperaba firme, como siempre la llegada de "La monita". Repentinamente una gran tormenta, como hacía muchos años que no sucedía quebró mi aparente quietud. Grandes estruendos de truenos, rayos, refusilos derribaron mis barreras, destruyeron mis defensas.

En un segundo se hizo la noche. La oscuridad total en el día, la oscuridad mas absoluta en mi alma.

Verlo allí, en su silla, tan quieto, tan absolutamente inmóvil, con la cabeza gacha. . .

No supe más de mi. No pude razonar. Me desesperé.

Corrí a abrazarlo y mi alarido fue tan pero tan grande que atravesó mi garganta y laceró mis tripas.

El dolor que sentí fue tan íntimo y profundo que no cupo nunca más dentro de mi cuerpo.

Mis gritos fueron aullidos que salieron de lo más profundo de mi alma. Todas las lastimaduras de mi espíritu quedaron en carne viva.

Quedé desgarrada.

La tormenta de mi alma bañaba mis ojos, la tormenta del mundo inundaba las calles.

Salí a la vereda. . .  grité. . .  pedí auxilio. . .  nadie escuchó.

Golpeé a puertas que no abrieron. . .  supliqué a corazones que se cerraron.

No había muerto aún. Era sólo el anuncio escalofriante de que estaba próxima.

Me transformé en la espectadora de esa lucha única y personal del hombre que pelea y se niega a entregar su existencia.