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Eloísa, Abelardo y su historia de amor.

adagio - maria isabel nozzini






Eloísa, Abelardo y su historia de amor.









Nacida en las inmediaciones del Bermejo,  con un espíritu noble y al igual que las turbias y rojizas aguas del rio, a veces se mostraba tranquila y mansa y otras  una increíble turbulencia se apoderaba de ella.

Su alma era la de una sirena fluvial que intentaba resguardarse de sentimientos amorosos que mantenía latentes en su interior sin atreverse a vivirlos, aunque cada vez que un viento cálido de primavera la envolvía ella anhelaba esa caricia que tardaba en llegar.

Era trabajadora y de una rústica belleza. 

Su sensualidad se intuía en el aroma que destilaba su piel pero que ella mantenía prisionera, amordazada dentro de su cuerpo.

Se llamaba Eloísa y siempre iba solitaria y melancólica.  Un día se quedó dormida y se vio allá, a la distancia, donde comienza el tiempo y se separa el pángeas y se forman los mares, emergiendo  de las aguas, asomando a la superficie de un salto, con sus largos cabellos que cubrían como un cálido manto su piel terrosa como las aguas del rio, cabalgando en la primera ola de la creciente, sumergiéndose en sus revueltas aguas y emergiendo con placer ante los rayos del sol...

Se vio trepando a los árboles de la ribera en las siestas amables y tranquilas...

Se vio también recogiendo las lágrimas vertidas por los sauces llorones y guardándolas dentro suyo  hasta que en las diáfanas noches de luna, cuando su tremenda soledad doliera, desbordara en llanto...

Eloísa , soñadora como era, esperaba que un día cualquiera apareciera un hombre en su vida...Su hombre...ese compañero que necesitaba para pelearle a la soledad... ese mago que hiciera  aparecer conejos y pañuelos de colores desde su galera... cazador de ilusiones... hacedor de sueños...  pero se sumaban sus años y el tiempo no se detenía nunca, al igual que las aguas del Bermejo que siempre corrían...y corrían... y corrían... hasta que un día, en uno de sus paseos por el monte, al atardecer, entonando una canción , tropezó con un hacha que marcando su ritmo, cayó a sus pies.

Sorprendida, buscó con la mirada a su alrededor y por primera vez vio a Abelardo, allí, cayendo la tarde... tumbando un ñandubay...

Abelardo era un leñador, grande, fuerte, rudo, pero al igual que ella, con el alma enredada en viejas y tortuosas historias que escondía en lo más profundo de su alma, y que le impedían decir: te quiero. Tal vez por eso o por la aislada melancolía que pintaban sus días se mostraba hosco y de una parquedad tal que asustaba a cualquiera que se le acercara..

Ella calló su canto y el dejó de hachar.

Eloísa y Abelardo, frente a frente, se miraron, se reconocieron, se sonrieron.

Él le invitó con agua fresca y el tronco del árbol recién hachado  se transformó en cómplice banco para su íntima charla en que se confiaron soledades, distancias, anhelos...

Abelardo, poco a poco fue dejando sus armaduras internas sobre el ñandubay y haciéndose cada vez más visible ante los ojos de Eloísa, encontrándose ambos en un esperanzador intento de escribir una nueva página en sus vidas.

Se miraron con alegría e incertidumbre... sin la bravura pasional de la juventud... sin esperar... nada...

Solo querían que sus órganos hablaran,  que sus sentidos despertaran, que la brasa encendida que guardaban en el pecho los incendiara....

 Se tomaron de las manos y bajo  la clara luz de la luna, desde el corazón,  se confiaron sus historias más dolorosas e íntimas y se contaron cosas que no supieron expresar con sus palabras... y  entonces, conversaron sus cuerpos... y sus pieles se erizaron... e hicieron el amor de una manera suave, afectuosa, con una mezcla de ingenuidad, de simpatía, de un  cariño recién nacido pleno de deseos controlados por el tiempo, de apetitos dominados por sus propios  y ancestrales temores...

El cuerpo... la piel.... todos sus sentidos, se encontraban...se reconocían... se abrían a sus más recónditas y escondidas emociones...

Sus almas se abrazaban en una profunda entrega total, mansa y placentera... encontrando su ritmo  único, cadencioso, musical, despojándose, lentamente, de los nudos que los ataban.

Con el alba, llegó la despedida y Abelardo, sabiendo que ambos
serian arrastrados sin piedad a sus realidades colocó en sus manos un regalo: un hermoso ñajcha para peinar sus rulos,única prueba de la existencia de este amor

Una lágrima en los  ojos  de Eloísa se confundió con las aguas del rio al comprender que Abelardo, como el fantasma que habitaba en su mente, se había manifestado ante ella tentándola con deliciosas manzanas dulces y apetitosas que su boca mordiera con placer  y, con tristeza aunque agradecida por haber sentido tan vívida e intensa  ilusión,  le dijo adiós intuyendo que jamás volvería a verlo y con gran determinación tomo una decisión de la cual sería muy difícil retornar.

Habiendo amado... había vivido... ya no tenía sentido abrir sus ojos al día siguiente...

Buscó una espina de opuntia y con ella se atravesó el corazón.

Con sus largos dedos aferraba fuertemente el ñajcha que él le obsequiara como tierno y fiel  símbolo de su amor.

Con el paso del tiempo, el canto de Eloísa se escucha, aun en nuestros días,  entrelazarse con el sonido crujiente de las hojas secas de los árboles y el viento lleva esta canción que habla de serena soledad por el poblado.

Y dicen los lugareños  que desde entonces, en las  frías y ventosas mañanas de julio...el monte llora...