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Eloisa

Era noble, trabajadora y de una rústica belleza. Su piel terrosa como las aguas del Bermejo y su espíritu manso algunas veces y otras tan furioso y turbulento
como ese mismo rio que la había acunado al nacer la hacían ver una mujer llena de secretos, misteriosa, solitaria, y tan lejana.

Eloísa, ese era su nombre, un día fue atrapada por un extraño sueño y se vio allá, a la distancia, donde comienza el tiempo y se separa el pángeas y se forman los mares, emergiendo de las aguas, asomando a la superficie de un salto, con sus largos cabellos que cubrían como un cálido manto su terrosa piel de rio, cabalgando en la primera ola de la creciente, sumergiéndose en sus revueltas aguas y emergiendo con placer ante los rayos del sol.

Se vio trepando a los árboles de la ribera en las siestas amables y tranquilas.

Se vio también recogiendo las lágrimas vertidas por los sauces llorones y guardándolas dentro suyo hasta que en las diáfanas noches de luna, cuando su tremenda soledad dolía, desbordaba en llanto, luego, el despertar en su realidad.

 En sus noches de vigilia esperaba…esperaba que nuevamente Abelardo, su añorado compañero, se manifestara ante sus ojos como ese mago que hiciera aparecer conejos y pañuelos de colores de su galera, cazador de ilusiones, hacedor de sueños y que tomándola de la mano la ayudara a salir de su encierro, pero se sumaban los años y el tiempo no se detenía nunca, al igual que las aguas del Bermejo que siempre corrían y corrían y corrían.

Y este fue el motivo de que Eloísa un día tomara una decisión de la cual sería muy difícil retornar: ir al encuentro de Abelardo .

Aferrando fuertemente en sus manos ese ñajcha que él le obsequiara antes de su partida como tierno y fiel símbolo de su amor buscó una espina de opuntia y con ella se atravesó el corazón.

Con el paso del tiempo, el canto de Eloísa se escucha aun en nuestros días, entrelazarse con el sonido crujiente de las hojas secas de los árboles y el viento lleva por el poblado un adagio de amor que habla de serena soledad.

Y dicen los lugareños  que desde entonces, en las  frías y ventosas mañanas de julio, el monte llora.


                
                                                                    Eloisa 
                                                                     Cristina Leiva - Cris,  Lacarancha

                                                                                                       adagio - maria isabel nozzini